Soberanía del vacío

 

 Javier Santiso

 

 

Los momentos más felices de una vida son los que vivimos de un tirón. Son los que nos encienden el pecho como si fuera una vidriera. Los hay incluso que son monumentales, tan felices, que entonces nuestro cuerpo se hace grande catedral y nos llenamos de luz como los vitrales. Esos momentos son irrepetibles, inconfundibles, se llaman los momentos luciérnagas. Escasean, a veces ni los ves, porque estás demasiado ocupado en vivir tu vida, la de otro que creías ser, y no le presta atención a lo que te viene encima, lo dejas pasar de lado.

 

A menudo los momentos más felices de una vida son breves. Duran cuarenta y cinco segundos, cuando entras en un cubo de luz infinito, en un museo, de la mano de la mujer que quieres y que te quiere. Duran el tiempo que entra un hombre en una mujer, o el tiempo de un beso largo como un túnel. A menudo los momentos más felices de una vida son entonces momentos compartidos. Es un rostro que se abre y te ilumina de por vida, le hablas, le ríes, y siempre es el mismo milagro, el mismo sol que te regala. Esos momentos, puede que alguno de ellos sea incluso el más feliz de toda tu vida, pero por ahora no lo sabes, sólo lo vives, lo sabrás cuando llegues al final, y, dentro de los recuerdos, lo descubras brillantes entre todos, como una perla sobre el rostro del recuerdo.

 

También hay momentos más felices que tienen que ver, no tanto con el otro,  una hija, una amada, un amigo, sino con el mundo, ahí fuera, que también te ofrece su rostro. Entonces piensas en los cielos bajos de las mesetas castellanas que cruzabas de noche, de madrugada, o a pleno sol, que recorrías de punta a punta en pleno verano, piensas en el vientre liso de esos campos rubios que el sol apenas despeinaba y que ahí siguen como si fueran un Van Gogh. Las medidas del tiempo son todas erróneas, los años no cuentan nada sino se viven, si no están llenos de días que iluminan. Las estaciones siempre vuelven, como perros fieles, y nosotros nos empeñamos en tirarles la pelota para que se la vayan a recoger, como si la vida fuera un juego, pero la vida va en serio. Y así vuelven ellos, con la pelota en el morro, porque no entendemos lo que nos quieren decir, el paraíso no es un lugar, es la emoción del lugar, del rostro, del momento, es un Rothko que te deja tumbado, volteado, resucitado, porque hay obras de arte que te matan y al instante te resucitan, te quitan la vida y te la devuelven más fuerte, más cardiaca.

 

Y entonces, si, también, pienso en los paraísos que a veces son las obras de arte. Pienso en Diego Benéitez y sus campos aplastados, piensa en la soberanía del vacío que reina en sus obras. Son como paredes, fachadas, toldos, sobre los cuales ondulan los colores y, en medio, una línea divisoria, fina como el lápiz negro que las mujeres se pasan a veces sobre los labios, para resalta el horizonte que cruza, a la horizontal, todo el lienzo como  si fuera una mecha de pólvora. La mirada es el mechero, la cerilla, que le prenderá fuego a ese horizonte, dónde los grises, los azules, ondulan como si el viento les pasara la mano por encima.

 

Todos llevamos con nosotros destellos de eternidad, momentos más felices de nuestras vidas, son los que te arrancan a la vida para siempre. Algunos te arrancan el corazón, como lo hace el amor, otros te arrancan la mirada, como lo hace una obra de arte. Eso hacen las obras de Diego, te arrancan la mirada, te la hacen crecer como los cielos de techos altos que pinta. Estar vivo es ser inmortal un segundo: si estás de lleno en él, entonces ni la muerte puede contigo. Eso hacen los lienzos de Diego, te hacen inmortales, el tiempo que dura tu mirada, unos segundos, unos minutos, toda una vida, todas las veces que los miras. Te hacen subir varios peldaños, e, incluso, te hacen renacer, el sol te marea, el viento te voltea, por el cielo se va una caravana de nubes en búsqueda de un río, un estanque, un pantano, algo que le apague la sed.

 

Imagino entonces otros campos, hechos unos nervios, con cuervos volando por encima como fetos de trufa negra, imagino entonces los prados grises que revientan, con sus ojos rojos, las amapolas, imagino el durmiente de valle despertándose y descubriendo cuán bello es el mundo, al ver pasar, por encima de su cabeza, un pájaro que canta persiguiendo la luz del día. Entonces sé que puedo vivir como un oso, la cara toda embadurnada del miel, subirme a los árboles, volar como un águila, el arte lo puede todo. Vivir no es otra cosa que mirar un cuadro que se llena de campos y de horizontes, pero mirarlo de cuerpo entero y, entonces, recordar lo feliz que un día has sido, delante de ese cuadro, delante de ese campo, por que en ese instante, en ese mismísimo, tenías mil años y entonces eras de nuevo inmortal.

 

 

Lo único que tenemos delante de los ojos es la vida. Todos los días sabemos que ella no dura, aunque todo perdure. Pero la muerte no tiene sola el privilegio de la eternidad. Por eso el arte importa: cuando miras un skyline de Diego es como robarle al tiempo partículas de luz, en el horizonte, mira, como tiembla una lámpara, es una casa perdida en el valle, que espera ella también el momento más feliz de su vida, una pincelada que la negree y así la haga existir en nuestras miradas, que así la convierta ella también en una inmortal.